La caída propia
Llegué
a la plaza al mediodía. Mi hija María salió corriendo como siempre en busca del
caballo; si es que pude denominarse así a aquel artilugio de madera plano, con
silueta de equino, un asiento en el canto de la tabla que hacía las veces de
lomo y dos mangos a modo de asidero en la cabeza y otros dos a modo de estribos
en los bajos. Se montó y lo zarandeó haciendo que se moviera con movimientos
rítmicos, gracias al gran muelle que lo sujetaba al suelo.
María
contaba entonces con tres años y pensé cuán simple puede llegar a ser la mente
de un niño a esa edad para poder distraerse con aquella simpleza. Yo también tuve tres años alguna vez e
inventaba historias en torno a juguetes que meramente simulan lo que no son.
Incluso en edades posteriores he seguido jugando y disfrutando con las cosas
más sencillas. Recuerdo el caballito que me acompañaba siempre, y que no era
otra cosa que mi propia mano derecha, cuyo dedo corazón hacía las veces de
cabeza y el resto componían las cuatro patas, llegando a tal perfección en su
manejo que cuando lo hacía galopar provocaba el asombro de quien me observaba.
También tuve un pequeño gorila de goma que siempre llevaba conmigo y al que de
vez en cuando sacaba del bolsillo donde estuviera escondido para que se diera
un paseo, sin dejarlo nunca que se alejara demasiado. El día que lo perdí fue
tal el disgusto que mi hermana mayor estuvo buscándome sin éxito otro igual durante
mucho tiempo; e incluso me trajo alguno muy parecido con la esperanza de
hacerme superar la pena, pero todo fue inútil. Aún hoy con más de cuarenta años
sigo acordándome de aquel pequeño mono de goma.
Sin
embargo aquel día ya no me hacía acompañar por mi caballito ni existía ningún gorila
artificial escondido en mis bolsillos. Los pocos juegos que compartía con mi
hija eran forzados y no resultaba nada convincente cuando trataba de formar
parte de su mundo de fantasía. Una y otra vez ella demandaba mi atención y las
más de las veces yo me desesperaba en busca de alguna coartada con la que disfrazar
mi desaire. Me senté en un banco del parque con la intención de leer una
noticia importantísima de la que no recuerdo ni el titular cuando, al levantar
la vista para observar a mi hija sobre su tan preciado juguete, pude comprobar
con asombro cómo de la madera inerte de los bajos del caballo emanaban cuatro
apéndices que fueron creciendo hasta convertirse en cuatro hermosas patas rematadas
en sus pertinentes pezuñas. Al alcanzar la fuerza suficiente hicieron presión
contra el suelo hasta lograr liberar al caballo del muelle que lo inmovilizaba.
Mi hija, comportándose como una amazona sin par, espoleó al animal que se
irguió sobre sus patas traseras y, tras un gran relincho, inició una carrera
desenfrenada. Mis ojos no daban crédito. Intenté seguirla pero no conseguí
incorporarme del banco donde me encontraba, al que parecía que me hubieran
atado. Era curioso que, a pesar del intenso galope del caballo, no la perdía de
vista; podía observar todos sus movimientos por mucho que se alejara. Se aproximaba
directamente a una gran grieta que se abría por momentos en el suelo. Digo se
abría, porque justo encima era donde minutos antes se encontraba el
Ayuntamiento del pueblo. Al llegar al borde de la grieta, el caballo saltó
mientras a mí se me ahogaba un grito en la garganta. En el borde opuesto de la
hendidura, logré distinguir la silueta de una persona que se asía con ambas
manos al filo, colgándole el cuerpo hacia el interior del hueco. El caballo (y
ahora sí que era un verdadero caballo) dio media vuelta cuando aterrizó en el
suelo, siempre sometido a la voluntad de mi pequeña que lo manejaba con
autoridad. Mientras María saltaba al suelo, el mundo comenzó a girar delante de
mí como un tiovivo. No tuve por menos que agarrarme al banco para no caerme,
cosa por otro lado imposible pues estaba fuertemente atado a él. Aunque no era
yo el que se movía se producía esa extraña sensación que hace que así lo
parezca. El movimiento circular hizo que el borde opuesto de la grieta, del que
colgaba aquel sujeto fuera el que quedara ahora más cerca. Cuál fue mi sorpresa
cuando, entre los espasmos de terror en la cara de aquel hombre, me descubrí a
mí mismo gritándole desesperadamente a mi hija que me salvara. María se acercó
a mí (el que pendía del precipicio) y me decía algo que no lograba discernir.
Yo comenzaba a resbalar, sin atreverme a asirme de ella por miedo a arrastrarla
conmigo. Finalmente no pude más y caí gritando (esta vez sí logré escuchar mi
propio alarido). No pude soportar por más tiempo la escena y cerré los ojos.
Cuando volví a abrirlos todo había vuelto a lo normalidad. María estaba a mi
lado. Me cogía las manos y me preguntaba qué me pasaba. Yo estaba sudando y
notaba que la gente me observaba extrañada. Abracé a mi hija fuertemente y le
dije:
-
¡No me dejes caer hija mía, no me dejes caer!
-
¿Caer dónde, papá?.
-
Al vacío, hija.
La
sorpresa desapareció pronto de rostro de mi hija que ya tiraba de mí diciendo:
-
Ven papá, te voy a enseñar cómo monto en el caballo.