lunes, 6 de febrero de 2012


La caída propia

Llegué a la plaza al mediodía. Mi hija María salió corriendo como siempre en busca del caballo; si es que pude denominarse así a aquel artilugio de madera plano, con silueta de equino, un asiento en el canto de la tabla que hacía las veces de lomo y dos mangos a modo de asidero en la cabeza y otros dos a modo de estribos en los bajos. Se montó y lo zarandeó haciendo que se moviera con movimientos rítmicos, gracias al gran muelle que lo sujetaba al suelo.

María contaba entonces con tres años y pensé cuán simple puede llegar a ser la mente de un niño a esa edad para poder distraerse con aquella simpleza.  Yo también tuve tres años alguna vez e inventaba historias en torno a juguetes que meramente simulan lo que no son. Incluso en edades posteriores he seguido jugando y disfrutando con las cosas más sencillas. Recuerdo el caballito que me acompañaba siempre, y que no era otra cosa que mi propia mano derecha, cuyo dedo corazón hacía las veces de cabeza y el resto componían las cuatro patas, llegando a tal perfección en su manejo que cuando lo hacía galopar provocaba el asombro de quien me observaba. También tuve un pequeño gorila de goma que siempre llevaba conmigo y al que de vez en cuando sacaba del bolsillo donde estuviera escondido para que se diera un paseo, sin dejarlo nunca que se alejara demasiado. El día que lo perdí fue tal el disgusto que mi hermana mayor estuvo buscándome sin éxito otro igual durante mucho tiempo; e incluso me trajo alguno muy parecido con la esperanza de hacerme superar la pena, pero todo fue inútil. Aún hoy con más de cuarenta años sigo acordándome de aquel pequeño mono de goma.

Sin embargo aquel día ya no me hacía acompañar por mi caballito ni existía ningún gorila artificial escondido en mis bolsillos. Los pocos juegos que compartía con mi hija eran forzados y no resultaba nada convincente cuando trataba de formar parte de su mundo de fantasía. Una y otra vez ella demandaba mi atención y las más de las veces yo me desesperaba en busca de alguna coartada con la que disfrazar mi desaire. Me senté en un banco del parque con la intención de leer una noticia importantísima de la que no recuerdo ni el titular cuando, al levantar la vista para observar a mi hija sobre su tan preciado juguete, pude comprobar con asombro cómo de la madera inerte de los bajos del caballo emanaban cuatro apéndices que fueron creciendo hasta convertirse en cuatro hermosas patas rematadas en sus pertinentes pezuñas. Al alcanzar la fuerza suficiente hicieron presión contra el suelo hasta lograr liberar al caballo del muelle que lo inmovilizaba. Mi hija, comportándose como una amazona sin par, espoleó al animal que se irguió sobre sus patas traseras y, tras un gran relincho, inició una carrera desenfrenada. Mis ojos no daban crédito. Intenté seguirla pero no conseguí incorporarme del banco donde me encontraba, al que parecía que me hubieran atado. Era curioso que, a pesar del intenso galope del caballo, no la perdía de vista; podía observar todos sus movimientos por mucho que se alejara. Se aproximaba directamente a una gran grieta que se abría por momentos en el suelo. Digo se abría, porque justo encima era donde minutos antes se encontraba el Ayuntamiento del pueblo. Al llegar al borde de la grieta, el caballo saltó mientras a mí se me ahogaba un grito en la garganta. En el borde opuesto de la hendidura, logré distinguir la silueta de una persona que se asía con ambas manos al filo, colgándole el cuerpo hacia el interior del hueco. El caballo (y ahora sí que era un verdadero caballo) dio media vuelta cuando aterrizó en el suelo, siempre sometido a la voluntad de mi pequeña que lo manejaba con autoridad. Mientras María saltaba al suelo, el mundo comenzó a girar delante de mí como un tiovivo. No tuve por menos que agarrarme al banco para no caerme, cosa por otro lado imposible pues estaba fuertemente atado a él. Aunque no era yo el que se movía se producía esa extraña sensación que hace que así lo parezca. El movimiento circular hizo que el borde opuesto de la grieta, del que colgaba aquel sujeto fuera el que quedara ahora más cerca. Cuál fue mi sorpresa cuando, entre los espasmos de terror en la cara de aquel hombre, me descubrí a mí mismo gritándole desesperadamente a mi hija que me salvara. María se acercó a mí (el que pendía del precipicio) y me decía algo que no lograba discernir. Yo comenzaba a resbalar, sin atreverme a asirme de ella por miedo a arrastrarla conmigo. Finalmente no pude más y caí gritando (esta vez sí logré escuchar mi propio alarido). No pude soportar por más tiempo la escena y cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos todo había vuelto a lo normalidad. María estaba a mi lado. Me cogía las manos y me preguntaba qué me pasaba. Yo estaba sudando y notaba que la gente me observaba extrañada. Abracé a mi hija fuertemente y le dije:

- ¡No me dejes caer hija mía, no me dejes caer!

- ¿Caer dónde, papá?.

- Al vacío, hija.

La sorpresa desapareció pronto de rostro de mi hija que ya tiraba de mí diciendo:

- Ven papá, te voy a enseñar cómo monto en el caballo.

- Sí hija, ya voy – Pero al intentar levantarme descubrí que no podía. Seguía atado a aquel banco.

martes, 6 de diciembre de 2011

El simio


Salí de casa un domingo de finales de verano. Iba con la intención de pasar un rato corriendo por los alrededores del pueblo: una camiseta, unos pantalones cortos y unas buenas zapatillas. La mañana era fresca y el cielo estaba de un color azul intenso. Nada anormal había en mi calle. Los coches que suelen estar aparcados, algún dominguero madrugador que vuelve de comprar el periódico y unos churros, alguno al que el perro no le permite estar más tiempo en la cama y lo saca a que se desfogue… Realizaba mis ejercicios de calentamiento previos al inicio de la carrera cuando ocurrió algo que sí se salía de lo normal. Ante mí se encontraba un chimpancé. Me observó de forma extraña durante unos instantes y luego tomó, con sus movimientos característicos, el mismo camino que yo tenía pensado recorrer en mi carrera. Tras superar la primera impresión estuve unos instantes observando a mi alrededor alguna otra anomalía o alguna otra persona excitada como yo que diera muestras de haber visto al mono. Nada de esto ocurrió y decidí seguirlo. Recorría a buen ritmo las calles dando todas las muestras de encaminarse al monte del Telégrafo, a las faldas del que se encuentra la población donde vivo. De vez en cuando volvía la vista para localizarme y cuando lo hacía sus ojos parecían transmitir miedo y rápidamente se volvía de nuevo y seguía su camino. Yo no sabía qué pensar. El miedo también había hecho presa en mí, pero la curiosidad lo empañaba y me empujaba a seguir adelante. Desde las primeras faldas del monte podía observar el pueblo, con su iglesia y su platillo volante situado entre sus casas. Realmente se trata de una plaza de toros cubierta, pero más parece aquello que esto. También se oía el típico murmullo del movimientos de coches y del trasiego humano. Entre los pinares del monte me costaba seguir al mono, pero yo no cejaba y conseguía seguir su estela. Llegué a un llano entre dos cortafuegos del monte, y paré de pronto como si una pared invisible se interpusiera en mi camino. Ante mí se ofrecía un espectáculo sobrecogedor. En muchos de los árboles así como en el suelo había un número de monos que fui incapaz de contabilizar. Todos me miraban con recelo y supongo que intuían mi perplejidad. Aquello no tenía lógica alguna. Por aquellos parajes no había otra cosa que conejos, perdices, algún que otro zorro y poco más. ¿De dónde habían salido aquellos animales? Y tan cerca del pueblo, que desde donde me encontraba se seguía observando  perfectamente. Di un paso al frente y fue como un pistoletazo de salida. Todos los monos comenzaron a correr en direcciones dispares. Yo intenté seguir al primero que vi en el pueblo que, a pasar del parecido con el resto, estaba seguro de saber cual era. Seguí en una persecución ciega con la idea de encontrar una explicación lógica a lo que estaba ocurriendo cuando al fin me encontré a los pies del telégrafo. Se trataba de una vieja torre de telegrafía en desuso que había sido reformada. Hacía apenas unos días que había estado allí y ahora simplemente había unas cuantas piedras en disposición circular que hacían intuir que se trataba de la torre sólo si previamente habías sabido de su existencia. Parecía que una eternidad hubiera pasado por aquel páramo desde la última vez que mis ojos se posaron en él.  Comencé a inspeccionar la zona pues me parecía desconocida, a pesar de las veces que lo había visitado. Hacía un calor anormal para la fecha en la estábamos y podía apreciar con nitidez la textura del suelo al caminar. La explicación para esto era sencilla, mis flamantes zapatillas para correr no estaban donde debieran. Mis pies estaban descalzos pero las plantas estaban encalladas y no me causaba molestia alguna el andar y el correr. Comprobé perplejo que estaba totalmente desnudo, habían desaparecido mi pantalón corto y mi camiseta. Busqué con desesperación la cinta que utilizo en la cabeza para sujetar el pelo pero tampoco estaba. Noté algo en el cuello y supuse que me la habría bajado en algún momento de la carrera. Pero cuando la así la noté rígida. No se trataba de mi cinta de tela absorbente para el sudor, sino de una correa que parecía de piel y muy resistente. La recorrí de forma frenética con los dedos, pues me resultaba imposible verla. Reconocí por el tacto el típico medio arco metálico destinado a enganchar una correa. A todas luces se trataba de una especie de collar para perros, pero no encontré forma alguna de quitármela.  Oí de pronto un ruido y vi cómo se acercaba el mono que había visto en el pueblo. Pero ahora era distinto, iba más erguido y caminaba sin usar la manos; y lo más sorprendente, iba vestido. Unas gruesas botas y una especie de uniforme militar. No se parecía en nada al chimpancé que había visto en el pueblo, ahora se trataba de un simio. Pero sabía que era él, algo en sus ojos lo delataba. Intenté hablarle, decirle algo, pero no era capaz de articular palabra alguna, tan sólo un bramido de intimidación y miedo fue lo que conseguí emitir. El pánico hizo presa de mí, me estaba convirtiendo en un animal. Salté y comencé una carrera frenética en dirección al pueblo. Notaba cómo me seguían, no sólo el simio que había tenido ante mí sino otros que también me estaban flanqueando. No conseguía localizar el pueblo conforme me acercaba al lugar donde debía estar. Por ningún lado aparecía la iglesia ni el platillo volante, ni por supuesto sus gentes ni sus coches. Llegué a las faldas del monte y seguí corriendo entre la maleza. "Aquí deberían estar las calles del pueblo", pensé con desesperación. Al fin, agotado, me paré de pronto. Noté tras de mí cómo cesaba también el trajín de la persecución. Escondí mi rostro entre las manos y cerré los ojos.


De pronto todo se aclaró en mi mente. El día anterior había ido al cine con mi mujer y mi hija y vimos la película "el origen del planeta de los simios". Al salir mi hija me preguntó si aquella historia de ficción podría darse algún día en realidad. Me hizo gracia su ocurrencia y le dije obviamente que no. Se me dibujó una sonrisa en el rostro antes de apartar las manos de mi cara. Cuando abrí los ojos allí estaba el simio con la correa presta para ser enganchada al collar de mi cuello.

El sur

"El Pegao"

La luz del bar de “El Pegao”, brillaba, aunque mortecina, a lo lejos, cerca del puente sobre el río Silva. Recién nacido el sol, el viento soplaba fuerte y tú auguraste que no sería día de playa. Saliste de la casa con el pelo recogido, la cara reluciente, la mirada triste, más triste aún cuando cruzaste la calle Virtudes, donde el año anterior el pueblo entero se unió, cosa rara, para sofocar el incendio que arrasó la casa de “El Pegao”. Al pobre se le quemó la cara y la mitad del cuerpo y tuvo que ser ingresado de urgencia en el hospital de Santa Cecilia, donde, a la desesperada, le arrancaron a tiras la piel chamuscada y le injertaron pedazos de piel sana a modo de pegotes, tratando de disimular, si cabe, lo horrendo de su aspecto. Ahora parece que está hecho a trozos, por eso lo llaman “El Pegao”.

En esta zona del pueblo la gente es muy propensa a afilarse la lengua y prepararla para el más duro sarcasmo contra el más pintado. Se aburren mucho, claro, como son ricos no tienen nada mejor que hacer que malmeterse con los que trabajan.

Aquella mañana ibas a desayunar al bar de “El Pegao”, como todas las mañanas. Servía el mejor café de la región, el cual degustaban incluso las gentes del sur, cuya linde natural con el norte es el propio río Silva.

En el pueblo, que es considerablemente extenso comparado con lo que suelen ser estos pueblos de toda la vida, curiosamente son los del sur los habitantes ricos. El sur manda, vive del cuento, le gusta dominar y llevar la voz cantante, no en vano están en su terreno. Se jactan de ser una de las pocas zonas-sur ricas del país. Son cobardes, pues te atacan cuando no tienes posibilidad de defenderte al estar en su territorio y rodeados de los suyos. Son gente innoble que no piensa lo que dice y que se guarda bien dentro lo que realmente siente.

Cuando Nicolás, “El Pegao”, te ve acercarte a lo lejos se estremece.

-“Esta chica no parece del sur”– comentan los del norte cuando te ven cruzar el puente – Algunos, incluso, te tienen afecto a pesar de tu sangre sureña, mas tú los rehuyes porque temes el “qué dirán” – pobre y falsa niña rica -.

- Dame un café, Nicolás.

Nicolás te sirve el café con ternura, pero no te mira, ni siquiera levanta la cara cuando tú estás presente. Mientras, le miras y sufres porque, aún siendo del sur, sientes, y sientes bien sincera aunque no lo digas. Sientes cómo se fue lo que más querías y piensas en Nicolás llorando por dentro mientras clamas a Dios la justicia que no ves en “El Pegao”. Quieres besarlo pero sientes un rechazo físico natural - ¡cuantas veces quisiste besarlo y lo hiciste con temor! -. Puedes rozarlo, aunque eso no te baste. Algunas veces le oyes llorar en la trastienda, cuando él cree que ya te has ido y te das cuenta de lo que has perdido. Estuvo en tus manos y lo echaste fuera. ¡Ay, la vida!. Piensas, al cabo, en Nicolás, aquel elegante y atractivo muchachito del sur al que amabas y que un descuido tuyo con aquella maldita vela lo abrasó convirtiéndolo en un grotesco personaje del norte al que ahora llaman “El Pegao”.

Una vez más te levantas del taburete, sales del bar, bajas la calle y cruzas el río Silva por el puente para perder de vista a “El Pegao” y seguir viviendo en tu mundo de cuento sureño.