martes, 6 de diciembre de 2011

El simio


Salí de casa un domingo de finales de verano. Iba con la intención de pasar un rato corriendo por los alrededores del pueblo: una camiseta, unos pantalones cortos y unas buenas zapatillas. La mañana era fresca y el cielo estaba de un color azul intenso. Nada anormal había en mi calle. Los coches que suelen estar aparcados, algún dominguero madrugador que vuelve de comprar el periódico y unos churros, alguno al que el perro no le permite estar más tiempo en la cama y lo saca a que se desfogue… Realizaba mis ejercicios de calentamiento previos al inicio de la carrera cuando ocurrió algo que sí se salía de lo normal. Ante mí se encontraba un chimpancé. Me observó de forma extraña durante unos instantes y luego tomó, con sus movimientos característicos, el mismo camino que yo tenía pensado recorrer en mi carrera. Tras superar la primera impresión estuve unos instantes observando a mi alrededor alguna otra anomalía o alguna otra persona excitada como yo que diera muestras de haber visto al mono. Nada de esto ocurrió y decidí seguirlo. Recorría a buen ritmo las calles dando todas las muestras de encaminarse al monte del Telégrafo, a las faldas del que se encuentra la población donde vivo. De vez en cuando volvía la vista para localizarme y cuando lo hacía sus ojos parecían transmitir miedo y rápidamente se volvía de nuevo y seguía su camino. Yo no sabía qué pensar. El miedo también había hecho presa en mí, pero la curiosidad lo empañaba y me empujaba a seguir adelante. Desde las primeras faldas del monte podía observar el pueblo, con su iglesia y su platillo volante situado entre sus casas. Realmente se trata de una plaza de toros cubierta, pero más parece aquello que esto. También se oía el típico murmullo del movimientos de coches y del trasiego humano. Entre los pinares del monte me costaba seguir al mono, pero yo no cejaba y conseguía seguir su estela. Llegué a un llano entre dos cortafuegos del monte, y paré de pronto como si una pared invisible se interpusiera en mi camino. Ante mí se ofrecía un espectáculo sobrecogedor. En muchos de los árboles así como en el suelo había un número de monos que fui incapaz de contabilizar. Todos me miraban con recelo y supongo que intuían mi perplejidad. Aquello no tenía lógica alguna. Por aquellos parajes no había otra cosa que conejos, perdices, algún que otro zorro y poco más. ¿De dónde habían salido aquellos animales? Y tan cerca del pueblo, que desde donde me encontraba se seguía observando  perfectamente. Di un paso al frente y fue como un pistoletazo de salida. Todos los monos comenzaron a correr en direcciones dispares. Yo intenté seguir al primero que vi en el pueblo que, a pasar del parecido con el resto, estaba seguro de saber cual era. Seguí en una persecución ciega con la idea de encontrar una explicación lógica a lo que estaba ocurriendo cuando al fin me encontré a los pies del telégrafo. Se trataba de una vieja torre de telegrafía en desuso que había sido reformada. Hacía apenas unos días que había estado allí y ahora simplemente había unas cuantas piedras en disposición circular que hacían intuir que se trataba de la torre sólo si previamente habías sabido de su existencia. Parecía que una eternidad hubiera pasado por aquel páramo desde la última vez que mis ojos se posaron en él.  Comencé a inspeccionar la zona pues me parecía desconocida, a pesar de las veces que lo había visitado. Hacía un calor anormal para la fecha en la estábamos y podía apreciar con nitidez la textura del suelo al caminar. La explicación para esto era sencilla, mis flamantes zapatillas para correr no estaban donde debieran. Mis pies estaban descalzos pero las plantas estaban encalladas y no me causaba molestia alguna el andar y el correr. Comprobé perplejo que estaba totalmente desnudo, habían desaparecido mi pantalón corto y mi camiseta. Busqué con desesperación la cinta que utilizo en la cabeza para sujetar el pelo pero tampoco estaba. Noté algo en el cuello y supuse que me la habría bajado en algún momento de la carrera. Pero cuando la así la noté rígida. No se trataba de mi cinta de tela absorbente para el sudor, sino de una correa que parecía de piel y muy resistente. La recorrí de forma frenética con los dedos, pues me resultaba imposible verla. Reconocí por el tacto el típico medio arco metálico destinado a enganchar una correa. A todas luces se trataba de una especie de collar para perros, pero no encontré forma alguna de quitármela.  Oí de pronto un ruido y vi cómo se acercaba el mono que había visto en el pueblo. Pero ahora era distinto, iba más erguido y caminaba sin usar la manos; y lo más sorprendente, iba vestido. Unas gruesas botas y una especie de uniforme militar. No se parecía en nada al chimpancé que había visto en el pueblo, ahora se trataba de un simio. Pero sabía que era él, algo en sus ojos lo delataba. Intenté hablarle, decirle algo, pero no era capaz de articular palabra alguna, tan sólo un bramido de intimidación y miedo fue lo que conseguí emitir. El pánico hizo presa de mí, me estaba convirtiendo en un animal. Salté y comencé una carrera frenética en dirección al pueblo. Notaba cómo me seguían, no sólo el simio que había tenido ante mí sino otros que también me estaban flanqueando. No conseguía localizar el pueblo conforme me acercaba al lugar donde debía estar. Por ningún lado aparecía la iglesia ni el platillo volante, ni por supuesto sus gentes ni sus coches. Llegué a las faldas del monte y seguí corriendo entre la maleza. "Aquí deberían estar las calles del pueblo", pensé con desesperación. Al fin, agotado, me paré de pronto. Noté tras de mí cómo cesaba también el trajín de la persecución. Escondí mi rostro entre las manos y cerré los ojos.


De pronto todo se aclaró en mi mente. El día anterior había ido al cine con mi mujer y mi hija y vimos la película "el origen del planeta de los simios". Al salir mi hija me preguntó si aquella historia de ficción podría darse algún día en realidad. Me hizo gracia su ocurrencia y le dije obviamente que no. Se me dibujó una sonrisa en el rostro antes de apartar las manos de mi cara. Cuando abrí los ojos allí estaba el simio con la correa presta para ser enganchada al collar de mi cuello.

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