"El Pegao"
La luz del bar de “El Pegao”,
brillaba, aunque mortecina, a lo lejos, cerca del puente sobre el río
Silva. Recién nacido el sol, el viento soplaba fuerte y tú auguraste que
no sería día de playa. Saliste de la casa con el pelo recogido, la cara
reluciente, la mirada triste, más triste aún cuando cruzaste la calle
Virtudes, donde el año anterior el pueblo entero se unió, cosa rara,
para sofocar el incendio que arrasó la casa de “El Pegao”. Al pobre se
le quemó la cara y la mitad del cuerpo y tuvo que ser ingresado de
urgencia en el hospital de Santa Cecilia, donde, a la desesperada, le
arrancaron a tiras la piel chamuscada y le injertaron pedazos de piel
sana a modo de pegotes, tratando de disimular, si cabe, lo horrendo de
su aspecto. Ahora parece que está hecho a trozos, por eso lo llaman “El
Pegao”.
En esta zona del pueblo la gente es muy propensa a
afilarse la lengua y prepararla para el más duro sarcasmo contra el más
pintado. Se aburren mucho, claro, como son ricos no tienen nada mejor
que hacer que malmeterse con los que trabajan.
Aquella mañana
ibas a desayunar al bar de “El Pegao”, como todas las mañanas. Servía el
mejor café de la región, el cual degustaban incluso las gentes del sur,
cuya linde natural con el norte es el propio río Silva.
En el
pueblo, que es considerablemente extenso comparado con lo que suelen ser
estos pueblos de toda la vida, curiosamente son los del sur los
habitantes ricos. El sur manda, vive del cuento, le gusta dominar y
llevar la voz cantante, no en vano están en su terreno. Se jactan de ser
una de las pocas zonas-sur ricas del país. Son cobardes, pues te atacan
cuando no tienes posibilidad de defenderte al estar en su territorio y
rodeados de los suyos. Son gente innoble que no piensa lo que dice y que
se guarda bien dentro lo que realmente siente.
Cuando Nicolás, “El Pegao”, te ve acercarte a lo lejos se estremece.
-“Esta
chica no parece del sur”– comentan los del norte cuando te ven cruzar
el puente – Algunos, incluso, te tienen afecto a pesar de tu sangre
sureña, mas tú los rehuyes porque temes el “qué dirán” – pobre y falsa
niña rica -.
- Dame un café, Nicolás.
Nicolás te sirve el
café con ternura, pero no te mira, ni siquiera levanta la cara cuando tú
estás presente. Mientras, le miras y sufres porque, aún siendo del sur,
sientes, y sientes bien sincera aunque no lo digas. Sientes cómo se fue
lo que más querías y piensas en Nicolás llorando por dentro mientras
clamas a Dios la justicia que no ves en “El Pegao”. Quieres besarlo pero
sientes un rechazo físico natural - ¡cuantas veces quisiste besarlo y
lo hiciste con temor! -. Puedes rozarlo, aunque eso no te baste. Algunas
veces le oyes llorar en la trastienda, cuando él cree que ya te has ido
y te das cuenta de lo que has perdido. Estuvo en tus manos y lo echaste
fuera. ¡Ay, la vida!. Piensas, al cabo, en Nicolás, aquel elegante y
atractivo muchachito del sur al que amabas y que un descuido tuyo con
aquella maldita vela lo abrasó convirtiéndolo en un grotesco personaje
del norte al que ahora llaman “El Pegao”.
Una vez más te levantas
del taburete, sales del bar, bajas la calle y cruzas el río Silva por
el puente para perder de vista a “El Pegao” y seguir viviendo en tu
mundo de cuento sureño.
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